domingo, 30 de abril de 2017

La película 1898. Los últimos de Filipinas muestra históricamente el sitio de Baler

Tengo que reconocer que me costó cierto esfuerzo ver la película protagonizada por, entre otros, Luis Tosar y Eduard Fernández. Y no por los magníficos actores que participan en ella, cuyas actuaciones son encomiables y dignas de mención.

Tenía cierto reparo a sentarme a verla por las críticas negativas que había tenido. Críticas basadas en algo tan importante en una película histórica como el enfoque mismo del suceso. Pues si se pretende realizar una película histórica, lo mínimo, es mostrar la historicidad tanto del decorado como de los personajes. Si en lo primero, un mero aspecto técnico, la película es brillante, en lo segundo volvemos a recibir un producto pseudohistórico que no deja de ser una reinterpretación histórica de un episodio pasado bajo la visión y mentalidad de una persona del siglo XXI. Veamos un poco qué fue el sitio de Baler.


Para conocer la historia del sitio de Baler podemos recurrir a una fuente oral de un testigo directo. Se trata del relato escrito por el teniente Martín Cerezo, uno de los protagonistas del sitio y quién terminó desempeñando el mando de la compañía sitiada por los filipinos.

Si leemos su relato de los sucesos, tal vez, como indicó Batista González, la última “Crónica de Indias”, veremos unas páginas que desprenden sentimientos como el valor, honor, el patriotismo o la abnegación por un deber que trasciende al individuo. Todo ello entiendo que son sentimientos muy alejados de la actualidad. Alejados y, por lo que desprende la película, despreciados.


Pero, aunque caducos y, en parte, vacíos de significado, eran los sentimientos que entonces tenían aquel contingente de españoles sitiados en una diminuta iglesia. Eran los sentimientos que cualquier película histórica que trate sobre aquellos sucesos debe mostrar.

En cambio, el film que nos ofrece el productor, Enrique Cerezo, es una interpretación subjetiva bajo el prisma del, tan de moda hoy día, antibelicismo. No es la primera película que comento que tiene un trasfondo antibelicista y se me puede juzgar por tener doble rasero respecto a películas foráneas y propias. Puede ser, nadie está libre de culpa.

Pero en mi humilde opinión, el sitio de Baler requería realizar lo que despectivamente llamamos una “americanada”. Un “Álamo” hubiera sido más fiel a la historia que el producto final que nos ofrece el director. Por ello, debo indicar que no me gusta el enfoque general que se le da a la película. Lo que no quiere decir, que bajo el prisma en que se construye, no tenga valor. Si queremos descubrir el pensamiento social actual (ignoro el porcentaje de coincidencia total) en una película que utiliza para ello un suceso histórico pasado se trata de un excelente producto cinematográfico. Ni es el primero ni será el último. Si deseamos aproximarnos a la historia del suceso no lo lograremos con esta película.

Ya Azorín, al comentar el relato ofrecido por el teniente Martín Cerezo, comparó Baler con Numancia. Estas fueron sus palabras:

Duró la defensa 337 días —se escribe eso rápidamente—. No se piensa lo que esos 337 días representan en un local cerrado, infecto, sin víveres, sin ropa, inundados por la lluvia, sin sal, sin agua saludable, sin zapatos, azotados par la epidemia, sin poder dormir. ¡337 días de ansiedad, de constancia, de heroísmo! ¡Sí, desde Numancia no se ha dado caso tan extraordinario en España!”.      



Si un director actual realizara una película antibelicista contextualizada en el sitio de Numancia nadie daría crédito histórico a la misma. Simplemente, por la gran diferencia de espacio temporal. La proximidad relativa de 1898 puede hacer confundir a cierto público sobre la realidad del suceso histórico. Pero nada más lejos de la realidad. Aquellos hombres que resistieron en la iglesia de Baler se encontraban, social e ideológicamente, tan alejados de nosotros como los numantinos a los que derrotó Escipión.

Por ello, por dar una versión más histórica del suceso del sitio de Baler os voy a contar algunos pasajes que más me gustaron de la crónica realizada por el teniente Cerezo. Luego, que cada cual compare, relato y película, y saque sus propias conclusiones.

Lo primero que debemos contextualizar son las cifras de los contendientes. Por parte española tenemos un aislado contingente de tropas españolas formado por 50 hombres. Les rodean unos 1500 filipinos.

El número de bajas resulta muy elocuente para considerar este episodio como una de las gestas más importantes del ejército español: 17 bajas en el lado español (15 murieron de beriberi o disentería y 2 por heridas de combate), a los que habría que sumar 6 deserciones y 2 fusilamientos por intento de deserción. Por el lado filipino se estiman unas bajas, entre muertos y heridos, de 700 hombres.

El libro de Cerezo desprende valor y honor en combate por los cuatro costados. Algo que estamos muy acostumbrados a ver en las películas norteamericanas.

Uno de los primeros ejemplos lo tenemos en una acción heroica llevada a cabo por uno de los soldados al que más apego (ficticio) puedo tener. Gregorio Catalán Valero, natural de Osa de la Vega, Cuenca, comparte el segundo apellido conmigo. Y teniendo en cuenta que mi madre es conquense no me sorprendería que pudiera ser un primo lejano. Por ello, se me quedó grabada su acción militar, encaminada a impedir que los sitiadores terminaran de atrincherarse alrededor de la iglesia. La relata Cerezo en estos términos:

Faltaba poco ya para cerrar completamente aquel cinturón de trincheras y vimos que para broche o término las dirigían al cuartel de la Guardia Civil, situado a menos de 15 pasos de la iglesia, frente a la esquina de la parte nordeste. Desde allí era indudable que podían hacernos mucho daño, tanto por la cercanía y condiciones del edificio, como por el dominio que hubiera podido facilitar contra nosotros. Era preciso evitarlo a todo trance, y así lo hizo Gregorio con una serenidad y un arrojo verdaderamente admirables. Salió y bajo un fuego nutridísimo incendió, no solamente dicho cuartel, sino que también las escuelas, pero con tal habilidad y reposo que las tres construcciones quedaron arrasadas completamente, muy a despecho de aquella nube de insurrectos que, aún siendo tantos, no se atrevieron a desafiar nuestro plomo, saliendo a pecho descubierto para impedir la realización de aquella empresa. Gregorio Catalán debe de vivir todavía. Si leyere estas páginas reciba con ellas la modestísima recompensa con que yo puedo enaltecerle”.

No fue la única acción heroica del destacamento. Salidas como estas para aliviar la presión sitiadora se repitieron en otras ocasiones, como la protagonizada por Juan Chamizo Lucas. No obstante, me sorprendió, por admirable, la acción de Francisco Rovira Mompó:

El 30 de Septiembre mató la disentería otro soldado, Francisco Rovira Mompó, digno de mejor suerte por su arrojo y sus condiciones de carácter. Este valiente se hallaba enfermo de gravedad, con las piernas inútiles, porque padecía también del beri-beri, cuando en una ocasión se hizo tan recio el fogueo del enemigo, que todos creímos en la inminencia de un asalto; pretendió levantarse; no pudo sostenerse, y arrastrándose fue a colocarse junto al agujero de la puerta; allí armó su fusil con el cuchillo y, tendido en el suelo, casi espirante, aguardó que se presentara el adversario”.

La disentería fue el enemigo más cruel que atacó a los sitiados, a los cuales dejó sin demasiada moral. En la obra de Cerezo se relatan múltiples escenas dramáticas referidas a ella, aunque ninguna tan melodramática como la que se refiere a la confección de listas llamadas expediciones al otro mundo.

La escasez de medios y las penurias que sufrieron los sitiados son narradas con humildad y precisión de detalles: falta de ropas adecuadas, comida podrida, creación de zapatos artesanales para evitar contagios y enfermedades, uso de los heridos y enfermos para realizar guardias… La comida de Año Nuevo, tras medio año de bloqueados, fue memorable: “El día de Año nuevo tuvimos rancho extraordinario de habichuelas con manteca. Manteca rancia y habichuelas que, sólo por extraordinario también, podían considerarse comestibles”.

Las tácticas enemigas para rendir la iglesia fueron muchas. Cerezo relata múltiples: cartas, amenazas, promesas de respeto a las personas en caso de rendición, sonido de trompetas por diferentes lugares para hacer creer en un ejército mayor, fuego continuo durante horas y horas, presión psicológica con voceros, contra-información falsa, mentiras variadas respecto a la situación en el exterior, uso de los desertores para desanimar a la tropa… Uno de los mejores recursos para combatir los gritos enemigos instando a rendirse me pareció la idea de cantar y bailar en el patio, lo que también contribuía, en parte, a mejorar la moral de la tropa. Los sitiadores también recurrieron a ello y les cantaban: “«Castilas, gualán babay» (españoles, no tenéis mujeres)”. Algo, por cierto, que refleja la película.

No obstante, un punto épico fue cuando en una misiva, los tagalos (así se los denominaban entonces)  pedían la suspensión de hostilidades y permitían que un soldado saliera y se abasteciera de lo que necesitara. Por los desertores habían tenido noticias de la escasez de alimentos y deseaban poner remedio a tantas penurias. Como gesto de buena voluntad incluyeron tabaco. Los españoles, muy suyos en el tema del honor, hicieron lo siguiente, según nos relata Cerezo: “ dímosle gracias por su atención y ofrecimiento, diciéndole que teníamos de sobra toda clase de víveres y en justa correspondencia del obsequio le remitimos una botella de Jerez, para que brindase a nuestra salud, y un puñado de medias regalías. A la hora señalada volvimos a reanudar las hostilidades, que ya no volvieron a interrumpirse durante todo el sitio”.

Sirva de ejemplo lo anterior para comprobar cómo en alguna de las respuestas que dieron los españoles a sus enemigos, cuando éstos intentaban conminarles a rendirse, vemos la altanería y el honor que desprendían nuestros militares. Respuestas valerosas dadas las precarias situaciones en las que se encontraban:

A las doce del día de hoy termina el plazo de su amenaza; los oficiales no podemos ser responsables de las desgracias que ocurran, nos concretamos a cumplir con nuestro deber, y tenga usted entendido que si se apodera de la iglesia, será cuando no encuentre en ella más que cadáveres, siendo preferible la muerte a la deshonra”.

La última misiva del capitán Enrique de Las Morenas fue la siguiente, el 20 de noviembre de 1898, dos días antes de morir a causa del beri-beri:

Para demostrarles una vez más los filantrópicos sentimientos de los españoles, si deponen su actitud y nos rinden las armas, todo quedará en el olvido, pudiendo volver desde luego sus moradores al poblado”.

Y para todos aquellos que duden sobre el obcecamiento de Cerezo a rendirse es interesante leer su relato y comprobar la evolución psicológica y mental durante un sitio tan prolongado. Las diversas estratagemas utilizadas para rendirles con engaños y la imposibilidad “teórica” de perder de golpe la colonia fueron poderosos condicionantes.

Además, tal como bien alega, faltas para rendirse no tenían y si resistieron fue por su concepto del deber y por las penurias que llevaban arrastrando. Estas son sus palabras: “Seguramente que los placeres de Baler no serían la rémora que me aconsejaba tales dudas; nadie como nosotros deseaba que terminase todo aquello, mudar aquellos aires, y acabar de una vez, si las circunstancias lo exigían; pero allá en mi memoria se reproducía el artículo 748 del Reglamento de Campaña, estaba terminante y yo no podía comprobar la veracidad de aquel mandato, no podía salir de aquel puesto de honor sin cerciorarme de que no era víctima de una estratagema de guerra; de que no podría inculparse después mi credulidad a mis deseos; de que obedecía una orden”.

Más adelante podemos leer lo siguiente: “El trance no podía ser más difícil. Llevábamos de asedio la friolera de 282 días, hacía ya 137 que me había hecho cargo del mando, por fallecimiento de Las Morenas. El honor militar estaba, pues, a cubierto y bien cubierto; la necesidad era grande; pero al rendirnos teníamos que humillar la bandera, vivir de la clemencia de aquella chusma que nos rodeaba enfurecida, entregarse al escarnio de nuestros infames desertores… Me faltó valor para ello y decidí que se continuara la defensa”.

El tema de los desertores es uno de los escasos aciertos que tiene la película. Existieron varios y Cerezo nos relata cumplidamente algunos de ellos. Me parece indicado destacar el siguiente como ejemplo:

Una grata noticia, si es que puede ser grato el castigo del criminal, llegó a nosotros por aquellos sacerdotes. Jaime Caldentey, cuyas revelaciones debieron de incitar al asalto que tan a punto estuvo de finalizar la defensa, había sido muerto, y lo había sido precisamente al demostrar su animosidad contra nosotros. Al día siguiente de su pase al enemigo quiso dispararnos un cañonazo y al intentar hacerlo cayó atravesado por uno de nuestros proyectiles. En la serie de los acontecimientos humanos hay muchas veces coincidencias tan extrañas que aún al menos creyente, al más escéptico, hacen pensar en los fallos supremos de una justicia inexorable, la justicia de la Divina Providencia”.

A finales de febrero tres soldados son acusados de querer fugarse, tal como confesaron posteriormente. Fueron arrestados y confinados con grilletes en el baptisterio. A primeros de mayo, aprovechando un ataque tagalo, uno de ellos escapó y se apresó a los otros dos cuando tenían ya los grilletes sueltos. Mientras el fugado, apellidado Alcaide, profería insultos y daba instrucciones a los sitiadores sobre la situación de los españoles, así como de los puntos débiles de su defensa, los apresados se jactaban de que pronto caerían por aquellas informaciones.

El fusilamiento de los dos reos fue ineludible en el momento en el cual Cerezo preparaba escapar al bosque y abandonar la iglesia ante la imposibilidad de mantenerse más tiempo allí fortificados. Su relato sobre ello es el siguiente: “La ejecución se realizó sin formalidades legales, totalmente imposibles, pero no sin la justificación del delito. Era una medida terrible, dolorosa; que hubiera yo podido tomar a raíz del descubrimiento de los hechos, y que hubiese debido imponer sin contemplaciones cuando la intentona de fuga; que había ido aplazando con el deseo de que otros la decidieran y acabasen, pero que ya era fatal y precisamente ineludible. Mucho me afligió el acordarla; busqué un resquicio por donde poder librarme de semejante responsabilidad, y no pude hallarlo sin contraer yo mismo la de flojedad en el mando, y, sobre todo, la muy grave y suprema de comprometer nuestra salvación al retirarnos. Fue muy amargo, pero fue muy obligado. Procedí serenamente, cumpliendo mi deber, y por esto, sin duda, ni un solo instante se ha turbado jamás la tranquilidad de mi conciencia”.

Entre los aspectos más controvertidos de la película, históricamente hablando, se encuentran los siguientes:

Dos de los párrocos que dieron aliento espiritual a los sitiados fueron fray Juan Bautista y fray Félix, aunque ninguno de ellos aparece. En cambio si aparece fray Cándido Gómez-Carreño Peña, párroco de Baler, fallecido en el asedio. Aunque más joven en realidad de lo que aparece en la película, el mayor error histórico al tratar este personaje es mostrarlo como un adicto al opio, autosuministrador de su eutanasia y algo descreído de sus creencias. Demasiadas licencias artísticas para retratar un personaje real.

Las continuas blasfemias de los soldados no debían ser algo normal en la época, aunque hoy día nos parezca una visión más actual. De nuevo, reinterpretamos el pasado bajo el prisma de nuestro presente. Saturnino Martín Cerezo terminó el prólogo de su obra de la siguiente manera: “Y… Nada más. Paz a los muertos, reflexión a los vivos y una oración a Dios pidiéndole que nos ilumine y nos proteja”.

Sobre Saturnino Martín Cerezo hay que advertir que la película deforma en parte su ideología y recuerdo. Él, tal como se desprenden de las palabras que dejó escritas, era un patriota fiel a su obligación como soldado. En la película, en cambio, se representa como alguien que no se rinde por no tener nada que perder (su familia había muerto). Existe un importante trecho ideológico en este asunto. La no rendición de Cerezo se debió a su obligación como soldado, llevada hasta extremos insospechables. Conviene recordarlo y anotarlo. La muerte de su familia no supuso la piedra angular de esa resistencia a ultranza, sino un peso menos con el que sobrellevar mejor la difícil situación. El sacrificio por la patria y el honor, aunque hoy suene lejos para la sociedad actual, fue lo que movió a Cerezo y a sus hombres a aguantar el asedio.

Por lo anterior, no se entiende la escena de humillación con la que el guionista nos regala al final de la película, cuando un soldado reprocha su actitud de defensa a ultranza a Cerezo. Lejos de estar avergonzados con su oficial al mando, aquellos soldados estaban orgullosos de haber actuado conforme a lo que se esperaba de ellos. No entra en la cabeza de nadie que un solo hombre obligara a semejantes privaciones a toda la tropa si entre ellos nadie pensara igual que su mando. ¿Hubo momentos de flaqueza? Por supuesto. Muchos. Y los mandos están para dar ejemplo y gestionarla adecuadamente.

El personaje del sargento Jiménez es totalmente inventado y muestra, por ello, el pensamiento subjetivo del guionista sobre lo que deseaba hacer en el largometraje. Un malo malísimo con el objeto de desprestigiar la memoria de aquellos soldados y crear un enfrentamiento irreal con los filipinos, dicho sea de paso. Enfrentamiento inexistente actualmente desde la implantación del Día de la Amistad Hispano-Filipina, cuya primera celebración se celebró el 30 de junio de 2003 en honor a los héroes de Baler. Si los filipinos luchaban por su independencia y libertad, algo loable y justificado, los españoles allí presentes lo hicieron por su deber con su patria. Ambos lucharon bravamente y sin odio mutuo, lo que queda de manifiesto en la consideración de héroes y amigos de Filipinas a aquellos soldados, y no prisioneros de guerra.

Por último, y por no seguir mucho más, indicar que el asunto del fusilamiento de los presos acusados por deserción se interpreta en la película de una forma realmente alejada de los hechos reales narrados por los protagonistas de aquellos sucesos.

La grandeza de este episodio no fue la derrota inútil. El sinsentido de una resistencia a ultranza. No. Fue la demostración de que se pueden defender los valores de una patria sin atentar contra el enemigo. Que se puede perder y reconocer la derrota. Que se puede ganar y reconocer el valor del rival. Que los hombres de honor, tras el enfrentamiento, son capaces de digerir el resultado y marcharse con orgullo del campo de batalla, con la conciencia tranquila del deber cumplido. Nada de eso pude inferir de la película y, por ello, no me gustó.




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